Anís Picasso

 

Anis Picasso w

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Cuando un historiador del arte aborda cuestiones como la invención del cubismo, suele referirse al proceso por el cual la pintura abandona la perspectiva renacentista, a la influencia del arte primitivo, e incluso puede que se adentre en asuntos espinosos como la cuarta dimensión. Todo eso está bien y es necesario, pero yo manejo unos datos ligeramente diferentes. Estoy convencido de que, a comienzos del siglo xx, en los veladores de París no solo se tomaba la consabida absenta sino grandes cantidades de Anís del Mono. De seguro los españoles tomaban aguardiente a carretadas, y es para mí una certeza absoluta que una fría mañana de marzo Pablo Picasso se encaminó al Louvre con una botella de anís en el bolsillo del abrigo, y que ya la había vaciado por completo cuando se apostó, con los ojos vidriosos, delante de un bodegón de Chardin, o quizás delante de una bañista de Ingres. Contempló largo rato la taza o la espalda, la chocolatera o los espléndidos riñones y las nalgas, repantigado en uno de aquellos grandes sillones de capitoné, en parte por comodidad y en parte porque la sala giraba como un tiovivo y los lienzos se mezclaban. Luego cogió la botella vacía y se la puso delante de los ojos para mirar el cuadro a través del cristal facetado, diamantino, como si usase un caleidoscopio y…  –¡voilá! cubismo inventado.

—Y ahora —se dijo Picasso de vuelta al taller, borracho como una cuba— pasemos a otra cosa. Ahora voy a inventar el Mediterráneo.

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