Cuarteto de Cavafis

Itaca 1 w

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Hasta que un día acepté pronunciar una conferencia sobre el poeta de la ciudad en el Atelier des Beaux Arts, especie de club donde los aficionados al arte podían reunirse, alquilar estudios, etc. Acepté porque era el modo de conseguir un poco de dinero; se acercaba el otoño y Melissa necesitaba un abrigo nuevo. Pero era una tarea penosa para mí, pues sentía al viejo a mi alrededor, por así decirlo, impregnando las sombrías callejuelas que se abrían en torno a la sala de conferencias con el olor de aquellos versos destilados de sus amores miserables y sin embargo enriquecedores, amores quizá conseguidos con dinero, fugaces, pero que seguían viviendo en sus versos; ¡con cuánta paciencia y ternura había capturado el minuto de la realización para fijarlo con colores indelebles! ¡Qué impertinencia hablar de un ironista que con tanta naturalidad, con un instinto tan seguro había convertido en tema de su obra las calles y burdeles de Alejandría!  Y hablar, además, no a un público de vendedores de tienda y pequeños empleados —a los que él había inmortalizado— sino a una digna asamblea de señoras de la sociedad para quienes la cultura que el viejo poeta había representado era una especie de banco de sangre: ellas habían ido para una transfusión. Para eso muchas habían rechazado una partida de bridge, aunque supieran que en lugar de sentirse enaltecidas saldrían de allí estupefactas.

Lo único que recuerdo es haber dicho que me obsesionaba su rostro —la cara dulce y horriblemente triste de su última fotografía—, y cuando las esposas de los buenos burgueses se volcaron por la escalera de piedra hasta las calles húmedas donde las aguardaban sus coches con las luces encendidas, dejando la sala desolada, donde seguían resonando sus perfumes, observé que atrás había quedado una solitaria estudiosa de las pasiones y las artes. Estaba sentada en el fondo de la sala, pensativa, las piernas cruzadas en una actitud masculina, fumando un cigarrillo.

Justine (1957). Lawrence Durrell

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No, pero en serio, si quisieras ser, no digo original sino tan sólo contemporáneo, podrías ensayar un juego con cuatro cartas en forma de novela; atravesando cuatro historias con un eje común, por así decir, y dedicando cada una de ellas a los cuatro vientos. Un continuum, por cierto, que comprendiera no sólo un temps retrouvé sino también un temps délivré. La misma curvatura espacial te proporcionaría el relato estereoscópico, mientras que la personalidad humana vista a través de un continuum, ¿podría tal vez tornarse más prismática? Quién puede saberlo. Yo te regalo la idea. Puedo imaginarme una forma que, si se realiza plenamente, pueda plantear en términos humanos los problemas de la causalidad y de la indeterminación…  Nada demasiado recherché, tampoco. Una historia común, de la Muchacha que Encuentra al Muchacho. ¡Pero tomada en esta forma no necesitarías, como lo hacen la mayor parte de tus contemporáneos, trazar la soporífera línea de puntos!
Clea (1960). Lawrence Durrell

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Alejandría comp e

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Cuando, de pronto, se deje oír a medianoche
el paso de una invisible comitiva,
con músicas sublimes y con voces,
tu suerte que cede, tus obras
malogradas, los planes de tu vida
que acabaron todos en quimeras, será inútil llorarlos.
Como el que está listo ya hace tiempo, como el valiente,
despídete de ella, de la Alejandría que se marcha.
Sobre todo, no te engañes, no digas que fue
un sueño, ni que se confundieron tus oídos;
no te rebajes a tan vanas esperanzas.
Como el que está listo ya hace tiempo, como el valiente,
como te corresponde por haber merecido tal ciudad,
quédate firme frente a la ventana
y escucha con emoción
—no con las súplicas y las quejas de los cobardes—
el rumor, cual un último deleite,
los sublimes instrumentos de la secreta comitiva,
y despídete de ella, de la Alejandría que pierdes.*

El dios abandona a Antonio (1911). C.P. Cavafis

*Traducción de Juan Manuel Macías

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