Le miroir

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René Magritte se afilió en tres ocasiones diferentes al Partido Comunista Belga y lo abandonó otras tantas. Mal visto por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial y abiertamente ignorado por los comunistas tras el conflicto, el pintor pensaba, quizás con ingenuidad, que su arte combatía el pensamiento burgués, y que la oposición ejercida desde sus lienzos era tan pertinente como los panfletos y las barricadas. Estaba convencido de que ahondar en la poesía, contravenir lo establecido y sembrar la paradoja, eran herramientas útiles para construir un mundo mejor. O al menos para deconstruir uno claramente deficiente. Magritte se aproximaba a la política y luego se marchaba desencantado. Surgían fricciones, contradicciones que no lograba resolver y que nadie se ofrecía a limar. Hay que imaginar el gesto circunspecto, o completamente estupefacto, de aquel alto cargo del Partido que leyera las cartas que el pintor dirigió públicamente a los comunistas. ¿Pero qué demonios pretende este tal Magritte? ¿No podría pintar sus cosas estúpidas y dejarnos tranquilos? ¿No podría, ya que tanto empeño pone, pintar por lo menos algo que podamos entender y sea útil a la causa?

En esa tensa relación entre Magritte y el partido comunista, en ese auténtico diálogo para besugos entre un artista que al final reconoció no entender de política y un bloque incapaz de ver más allá de su propios límites ideológicos, descansa un área particularmente conflictiva del arte contemporáneo: aquella que amplía, reduce, o caldea la distancia entre arte y compromiso político. “Picasso es comunista, y yo tampoco”, proclamaba Salvador Dalí, y con ello tanto contribuía a aumentar equívocos como a lanzar un envenenado y certero dardo sobre la cuestión.

En lo tocante a la actividad artística —¿se puede dudar de que es un indicador principal del nivel de ejercicio activo de la libertad en cualquier modelo social?— las utopías revolucionarias que de un signo u otro son o han sido parecen desembocar siempre, bien en el dirigismo artístico, bien en la censura, bien incluso en la persecución de todo aquello que no comulga con la ideología de turno. Y a menudo, por supuesto, en todo ello a la vez. Hace décadas que el Mercado, acompañado de un vigoroso y sostenido crecimiento del neoliberalismo, se ha erigido como primer arbiter del arte. La indiferencia reina. No importa el grado de protesta que un determinado artista o una obra logren articular. Si se puede vender es bueno. Si se puede vender, cualquier discurso puede muy bien quedar convenientemente asimilado y desactivado. La inercia del sistema y del merchandising han realizado el gran acto alquímico del capitalismo: convertir lo surreal, lo revolucionario, en oro. Por eso —y durante mucho tiempo sin alcanzar a comprender del todo por qué— cuando pienso en Magritte pienso en esas cartas que leí, un poco por casualidad, hace años. Unos textos circunstanciales y no especialmente lúcidos ni bien articulados, pero a través de los cuales se puede recuperar a un Magritte algo menos adocenado y reconsiderar la lectura de una gramática visual menos inocente de lo que se nos suele presentar. En un mundo como el nuestro en el que somos asediados por las imágenes hasta el hastío, hasta niveles inéditos en términos históricos, y puestos a la tarea de revisar, y aprobar o desautorizar la cándida posición de Magritte, conviene recordar aquellas otras palabras de John Baldessari:

Me interesa lo que nos hace detenernos a mirar, por oposición al simple consumo pasivo de imágenes. Si hay algo político en mi obra hay que buscarlo en la capacidad que tengan mis imágenes de cuestionar la naturaleza de la imaginería misma. Cuanto más capaces seamos de leer las imágenes y de entender cómo funcionan dentro de nuestra cultura, mayor será nuestra capacidad individual de actuar.

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1 Comment

  1. Preciosa miniatura literaria, Rrose. Gracias por regalarnos estas líneas, que tratan de iluminarnos e ilustrarnos acerca de las sombras que los tristes tiempos capitalistas y filiomercantiles nos arrojan y llevamos a cuestas como podemos.
    Un abrazo. Un enorme placer leerte, como siempre…

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