Soldados de loza

Soldados de loza w.

 

La alegría con la que se lanzó al frente, propia de un colegial con zapatos nuevos, raramente ha sido comprendida e incomodó a muchos, entre ellos a André Breton, que renovaba sus votos pacifistas cada vez que el mundo entraba en liza. Pero el canto de guerra de Apollinaire fue quizás como el de Emily Dickinson cuando escribió: “Canto como el niño al pasar junto al cementerio: porque estoy asustada”. Hay que recordar que Wilhelm Albert Włodzimierz Apolinary de Kostrowicky —así fue bautizado en Roma en 1880— no era en Francia otra cosa que un expatriado de madre polaca; que el oficio de las letras al que dedicó su vida no le había reportado el pan diario; que por ello mismo había despilfarrado su talento escribiendo pornografía; que solo unos años antes se había visto envuelto en aquel episodio del robo de La Gioconda que ahora nos parece un dislate más del anecdotario vanguardista, pero que al mismo Apollinaire, al borde de la deportación, no le hizo la más mínima gracia; que no supo nunca de su padre y creció en internados y pensiones, lejos siempre de su madre; que amó a Marie Laurencin y que cantó a las mujeres pero raramente fue feliz con ellas. Apollinaire, un hombre de fuerte inclinación a la depresión, insiste en alistarse, hace instrucción, monta a caballo, ruega que lo envíen a la primera línea de batalla, pone todo su empeño en el Ejército como quien deseara, ferviente y desesperadamente, enamorarse. Es como si una sombra le pisase siempre los talones. Es lo que le empuja a idealizar una y otra vez a mujeres que apenas existen (como la célebre Madeleine) y es lo que alimenta su obra.

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Especie de Rimbaud reencarnado, asiste a la guerra como quien se lanza al espacio sideral: radiante y alucinado. En la noche terrible del fuego cruzado ve una espléndida pirotecnia. La celebra y la aplaude. En 1915, en el frente, escribe un poema aparentemente anecdótico y que sin embargo es, para mí, el poema que compromete y justifica todos los demás. Se titula así, 1915, como si las pocas palabras que contiene pudieran dar el signo completo del mundo en un instante.

 

calligrammespo00apol_0089

 

1915

Soldados

de loza

y de carbunclo

Oh amor*

 

Que se publicase, como ven, caligrafiado a mano entre las páginas de Calligrammes (1918), refuerza la inmediatez, la idea de bosquejo rápido, como una nota garrapateada bajo las bombas. El carbunclo, residuo de quincalla modernista entre un reparto tan breve, parece una alhaja lanzada al barro. El término faïence ha sido traducido como loza o cerámica, e incluso como porcelana. Algo me hace preferir la palabra loza, quizás porque todas las palabras son resbaladizas, y en mi cabeza ese término se desliza inevitablemente hacia la palabra lodo. Una pieza de cerámica no es fundamentalmente otra cosa que barro cocido, y si las trincheras sin duda se inundaron de fango, tampoco faltó el fuego. Esta es la principal ambivalencia de los versos, la distancia, tan corta, entre la loza de fiesta, la loza blanca y azul, la loza del domingo o del restorán, el preciosismo decorativo de unos soldados que parecen brillantes juguetes, y la absoluta fragilidad de ese material, presto siempre a la fractura, al estallido.

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En China, en el siglo III a.C., un emperador cometió la exquisita locura de hacerse enterrar junto a un ejército completo de guerreros. Todas las figuras se realizaron a tamaño natural, en terracota policromada, y a día de hoy han sido exhumadas más de ocho mil figuras, incluyendo caballos y carros de tiro. Si a esto le aplicamos el adjetivo faraónico, o lo consideramos digno de algún cuento borgiano, se debe únicamente a nuestra ignorancia sobre la magnitud real de la cultura oriental.

Entre 1914 y 1919, en Europa, dos jefes de estado tuvieron a bien sacrificar varios millones de soldados, cada uno de ellos con nombre y apellidos, utilizando para ello una enorme fosa, un inacabable labio de tierra, un blando teatro de lodo abierto entre Francia y Alemania. Dicen que la cicatriz de la tierra es todavía visible en ciertos parajes.

Soldados / andantes pellas de tierra* escribe el poeta en otra página de Caligramas.

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¿Qué sonido emitió el impacto? ¿Cómo percutió la metralla sobre el poeta? Qué clase de música. ¿Silbó el proyectil? Porque del mismo modo que la carne estaba presta a abrirse, el aire sobre las trincheras debía de estar hecho entonces para silbar con los proyectiles. Después, el impacto con el casco debió de sonar como el premio del puesto de tiro al blanco en una verbena de verano: ¡Clang! Y finalmente, tras la mera ficción del casco, la carne que apaga y recibe los disparos como la miga blanca del pan. Un cráneo de mera loza que se quiebra. Apollinaire contó después que apenas notó nada, que estaba leyendo el Mercure y lo vio mancharse de sangre. Por su propio pie se tumbó en la camilla. Después las sucesivas y lamentables trepanaciones, la fiebre, la parálisis parcial y una recuperación que ya nunca completó del todo.

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Cantar lo nuevo. Lo nuevo, lo nuevo, lo nuevo, repetía como una cotorra Ramón Gómez de la Serna en España, pero ¿qué es lo nuevo? De entre todos ellos, el más moderno de todos fue Picasso, y ahora sabemos que cuando cruzó aquella frontera de la pintura con Les demoiselles y comenzó a romperlo todo camino del cubismo, no hacía sino acusar y desarrollar su fuerte interés por el arte africano y la Antigüedad mediterránea: hundía raíces hacia atrás; la belleza de la guerra la llevaba predicando Marinetti desde 1909, y la guerra en sí misma no es, por desgracia, sino una constante de todo tiempo y lugar; el caligrama, que tan intrépido parecía, fue un género poético no tan marginal ya en la Grecia antigua, y había sido cultivado en el Medievo y en la Edad Moderna en toda Europa. Cuando Apollinaire se asigna el papel de adalid del cubismo no repara en que, en realidad, de pintura quizás no entiende demasiado, y el alegato o el aplauso, con todo su ruido memorable, se le despeña tan afectuoso como torpe. Pero había una sombra que le pisaba los talones, así que era lo nuevo o la nada, lo nuevo o el hambre, la guerra o la nada. Lo importante, entonces, era el salto, y poco importaba que la piscina estuviera alguna vez vacía. Un error cometido fervorosamente es un error bastante menos grave que otro cometido por conveniencia o por pura inercia, y la pasión adecuada puede metamorfosearlo en luz.

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Convaleciente, ojeroso, muy triste, con la cabeza vendada, con la cabeza algo así como fajada o cinchada, como tratando de volver a comprimir o reunir los signos que los caligramas habían hecho estallar a cielo abierto, Apollinaire recibe visitas en la cama del hospital y se deja ver vestido —o quizá disfrazado, allí tan lejos del frente— de teniente, con la Cruz de Guerra prendida, como si acabara de hacer la primera comunión. Ese niño un poco gordo de la vanguardia, de todos los frentes, entusiasmado, aplaudidor, marcial, al fin siempre solo, era dueño de un puñado de poemas arrebatadores e inigualables, y en esos días fue —aunque bastardo— el verdadero rey de la poesía francesa.

 

Les Rois QUi meuRent

Tour a touR

Renaissent au cœur des poeteS

 

Los Reyes que mueRen

Unos y otroS

Renacen en el corazón de los poetaS*

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*Traducción de J. Ignacio Velázquez

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