Melmoth

Melmoth w.

 

De entre todas las caídas, la de Oscar Wilde es sin duda una de las más aparatosas. Nada que ver con la majestuosa Norma Desmond descendiendo las escaleras de Sunset Boulevard. O quizás sí. Hacia 1895 Wilde se ha convertido en un elefante, un paquidermo de bellas maneras, de cuidada melena y atuendo excéntrico, un abierto pretendiente a la notoriedad, corpulento y sin embargo dueño de una conversación grácil como una bailarina. Por su parte, la Inglaterra victoriana es entonces la perfecta cacharrería, un comercio atiborrado de toda la jarronería imperial, pero extremadamente angosto. Cuando llega la zancadilla y arranca el proceso judicial que lo llevará a presidio, muchos de sus amigos huyen del país; Wilde decide quedarse y es atropellado por su propio orgullo y un increíble sentido de la fatalidad. Hay quien opina que, destruido ya por una relación sentimental algo más que tormentosa, el propio Wilde deseó o asistió finalmente perplejo al desastre sin apenas gestos de resistencia. El proceso contra el marqués de Queensberry (padre de su joven amante, Lord Alfred Douglas) no fue sino el pulso —más amplio y complejo— que el escritor sostuvo y perdió contra la sociedad victoriana en su conjunto. Wilde ejerció de cabeza de turco.

Por Lord Alfred Douglas ya había perdido la cabeza. Finalmente perdió el juicio.

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No pertenece al ámbito de la ironía sino al de la más terrible paradoja que Salomé (1891), la pieza de teatro en un solo acto que Wilde no pudo estrenar en Inglaterra debido a la censura, se llevara a las tablas con enorme éxito en París, en 1896, de tal modo que mientras Sarah Bernhardt cosechaba aplausos en el Théâtre de l´Œuvre, el autor, en una celda de la prisión de Reading, se retorcía las manos de angustia y planeaba su suicidio. La obra amplía y distorsiona un episodio bíblico: Salomé, hijastra de Herodes, se encapricha de un prisionero llamado Jokanaan (san Juan Bautista), el cual, conforme a su condición de hombre santo, la rechaza y se dedica a lo suyo, que es profetizar la venida del Mesías y abominar del contubernio de Herodes con Herodías. La obsesión de Salomé es tal que logra engatusar a Herodes para que este, contra su voluntad, ordene decapitar al santo. Tras lograrlo, y en un célebre parlamento al final, la joven toma la cabeza muerta de Jokanaan y la besa. Herodes, horrorizado, ordena a sus soldados despachurrar a la hijastra. Nos encontramos ante una cúspide de la literatura decadente, una obra acerca del deseo, el crimen, la belleza, la ley, la pureza, la integridad —o su carencia— y la muerte.  Si lo colocamos bajo la luz de Salomé (una luz oscura y temblorosa de bujía escénica que confunde los perfiles) el proceso contra Oscar Wilde se torna extrañamente equivalente, como un cruce excepcional entre literatura y vida. No se puede proponer un reparto bien definido de papeles: poco tenía de santo Oscar Wilde, ni lo pretendió, y sin embargo su figura engrosa desde hace tiempo las filas de mártires de la homosexualidad, o cuando menos de la heterodoxia social. Por otro lado, bien pudo ser Salomé el joven Lord Alfred Douglas, ese personaje al que todos o casi todos coinciden en dibujar como un auténtico monstruo de vanidad, dotado de un nivel de perversidad que difícilmente se adivinaba en aquel rostro angélico. Pero ¿no habrá de ser también Salomé el propio Oscar Wilde, consumido por el deseo, arrastrado por el amor? ¿Y Herodes? Bien mirado, todos y cada uno de los personajes del drama no son sino desdoblamientos del propio autor. Solo esta sucesión de facetas podría dibujar la silueta —contradictoria, compleja y siempre y solo en apariencia superficial— de un creador como Wilde, un hombre que desde su celda arremete y de qué manera contra su amante en De Profundis; que desde la más absoluta ruina escribe las palabras más hermosas acerca de la humildad, acerca de Jesucristo, y que unos meses después de ser liberado se reconcilia con aquel monstruo de perversidad que le ha destruido y se marcha con él a viajar por Italia.

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De entre todas las reflexiones vertidas en De profundis, hay una relativa a la naturaleza del tiempo, o más bien acerca de las dimensiones del recuerdo. Wilde explica cómo, desde su encarcelamiento, su memoria comienza a recuperar largos periodos de su vida con un enorme nivel de precisión en los detalles. Afirma que puede recordar las palabras exactas emitidas en cada conversación, reconstruye escenas y el por qué de cada una de ellas, las revive y las analiza. El vicio supremo es la limitación del espíritu. Todo lo que se comprende está bien. Wilde es un prisionero al que le ha sido arrebatado todo (para cubrir las costas del juicio no solo fueron embargados todos sus bienes, sino hasta sus futuros derechos de autor), ha sido colocado en mitad de la nada, y cada día abre estopa durante horas con sus propios dedos. El escritor se precipita en la memoria para tratar de comprender qué clase de mecanismo fatal lo ha llevado hasta el lugar en el que se encuentra. El tiempo y el recuerdo obsesivamente se alargan y se retuercen como la melcocha.

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Dicen que, tras la caída de la hoja, las víctimas de la guillotina conservan durante unos escasos segundos la consciencia, la vista, el oído. De profundis es el relato moroso y preciso de san Juan Bautista viendo rodar su propia cabeza.

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Tras la cárcel, Oscar Wilde nunca más volverá a ser Oscar Wilde. Si exceptuamos la redacción de La Balada de la Cárcel de Reading, no elaboró nada más. Tampoco tuvo oportunidad. Su nombre y su apellido se habían convertido en sinónimo de ignominia. Su mujer no le permitió volver a ver nunca más a sus hijos. En los lugares por donde pasó se hizo llamar Sebastian Melmoth, y se dice que lo de Sebastian venía a colación del innumerable martirio al que había sido sometido, y que el otro sobrenombre hacía alusión a Melmoth the Wanderer (1820), una novela de Maturin que le había gustado desde su juventud y cuyo protagonista se consume en la errancia y la desdicha más romántica. Nadie podrá negar el valor literario de Wilde; tampoco que padeció, y menos aún que tenía dotes de actriz hasta para la más profunda y real desdicha. El poeta es un fingidor / finge tan completamente / que hasta finge que es dolor / el dolor que realmente siente —nos recuerda Pessoa.

Tras un nuevo fracaso con Bosie, se instala en París, en una pensión miserable —según sus propias palabras— y trata de ganarse la vida escribiendo algunos artículos. Lo poco que le dan lo gasta en alcohol. A consecuencia de una lesión en un oído producida durante su estancia en prisión, en noviembre de 1900 enferma de meningitis y fallece, no sin antes convertirse al catolicismo. Tiene cuarenta y seis años.

 

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