Stumps

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A pocos poetas les tolero la guerra como asunto, como tema. Uno es Apollinaire, que cantó la guerra como espectáculo, como loco parque de atracciones y como multiplicación de planos y azares. Apollinaire, tan pueril quizás en su obra o en sus amores, pero también tan intenso, tan a la vanguardia estuvo, que una pieza de metralla le levantó la tapa de los sesos. Otro es Walt Whitman.

Entre 1863 y 1865 Whitman atendió a heridos de la Guerra de Secesión. Sus experiencias quedaron recogidas en Redobles de tambor (Drum Taps, 1865) donde se presenta a sí mismo como un enfermero, aunque en realidad no tenía la preparación para ello. Al parecer hizo curas y cambió vendajes, asistió a médicos y a —estas sí— enfermeras, en numerosos hospitales militares, pero lo que hizo, fundamentalmente, fue hablar con los heridos, leerles libros o periódicos, escribir cartas, consolarlos, darles pequeñas sumas de dinero o regalarles naranjas y caramelos, lo cual tampoco está nada mal. La guerra se había declarado en 1861, y Whitman, que para la fecha tiene ya cuarenta y dos años y el pelo cano, no se siente llamado al frente. Comienza en cambio a pergeñar una serie de poemas con los que, enardecido, llama a filas, canta el heroísmo, la entrega, marca el paso y pregona, pero el tono elevado y vagamente homérico de esos poemas no los hace menos lamentables. Si alguna vez hubo algo obsceno en la obra de Whitman —y Hojas de hierba fue a menudo acusado de obscenidad, hasta el punto de hacerle perder un empleo en la Administración— yo digo que no lo encontrarán sino en esos poemas marciales que abren Drum Taps. Whitman llama impunemente a la guerra con una voz que nada tiene que envidiar a la de un entregado militarista. Y casi se lo perdonamos porque entendió la guerra como pieza en movimiento de esa entelequia llamada democracia que realmente le emocionaba en sus principios éticos. Casi se lo perdonamos porque no sabía lo que hacía y solo años después acertó a entrever que lo que movía aquella maquinaria de muerte eran mucho menos los ideales democráticos que la mera confrontación de dos modelos socioeconómicos antagónicos. Pero a esto llegó tarde, si es que llegó. Si yo se lo perdono es únicamente porque en algún momento de 1863 el poeta cae de la montura, como san Pablo: leyendo el periódico encuentra a su hermano George entre una lista de fallecidos en el campo de batalla. Whitman no da crédito y emprende inmediatamente el camino hacia el frente. Lo que encuentra por los caminos, en las trincheras y en los campamentos no será solo a su hermano sano y salvo, es el horror, la desgracia, el sinsentido. Eventualmente decide regresar a Washington acompañando a un convoy de heridos graves, pero desde ese momento y hasta el final del conflicto Whitman ya no podrá desligarse de la tarea. El primer efecto de este choque con la realidad es que el poeta recupera su propia voz.

 

Años inestables que me arrojáis no sé a dónde,
Vuestros planes y vuestra política fracasan, los trazos se desvanecen, las sustancias se burlan de mí y se me escapan
(…)
De la política, triunfos, batallas, vida, ¿qué queda al fin? Cuando los espectáculos terminan, ¿qué es lo seguro salvo Uno Mismo?

 

Hay en Drum Taps algo así como un tajo, como un hachazo seco o un disparo mutilador, un punto a partir del cual las tornas se invierten o como mínimo ganan matices, y para bien, porque el golpe está salvando al mejor Whitman, ese que Borges llama el otro Whitman. Es el momento en que el poeta comienza a perder. El momento de la mutilación y de la desorientación. Whitman ya había cantado a la muerte, pero es ahora cuando esta comienza a danzar de continuo a su alrededor, y, aun peor que la muerte, el sufrimiento hasta límites indecibles. En sus notas —recogidas muchos años después con el título de Memoranda during the war— describe heridas lamentables, apresuradas amputaciones, muchachos agonizantes que apenas si acaban de aterrizar en la adolescencia, fiebres, gangrenas, episodios de crueldad militar de los que jamás habría tenido noticia de no ser por los relatos que escucha directamente a los soldados. Comprende que la guerra no es aquello que había cantado. Y aunque el poeta cantará siempre, una y otra vez, la belleza, el paisaje, el sexo, la democracia y el cuerpo —y lo hará como nadie hasta entonces— es en estos años cuando su voz alcanza a quebrarse. Es el momento en que la voz se astilla, y es por tanto el momento en que hay que prestar oído, porque de los grandes tocones no se arranca el fuego, pero sí de las astillas.

 

21 de diciembre de 1862. (…) Pasé buena parte del día en una gran mansión de ladrillo, a las orillas del Rappahannock, que servía de hospital después de la batalla. Parece que sólo han admitido los casos graves. En el exterior, al pie de un árbol, a unos veinte metros de la mansión, veo un montón de pies amputados, piernas, brazos, manos, etc., todo un cargamento para un carro de un solo caballo. Cerca yacen varios cadáveres, cada uno cubierto con su manta de lana marrón. En el patio, en dirección al río, tumbas frescas, la mayoría de oficiales, sus nombres  en tiras de barril o trozos de tablas, clavadas en el barro. (La mayoría de estos cuerpos serían llevados más tarde al Norte, junto a sus seres queridos)… La mansión está totalmente abarrotada, tanto en la planta inferior como en la superior. Todo se improvisa. Se procede sin orden, a destiempo y mal, aunque no dudo de que es lo único posible en tales circunstancias. Todas las heridas están en mal estado, algunas son horrorosas y los hombres van con ropas viejas, sucios y sangrientos. Algunos de los heridos son soldados y oficiales rebeldes, capturados. Con un capitán de Misisipi, muy malherido en una pierna, hablé bastante tiempo, me pidió periódicos y se los di. (Volví a verlo tres meses después en Washington, con la pierna amputada, en buena forma)… Recorrí todas las habitaciones de las dos plantas. Algunos agonizaban. No tenía nada que ofrecer en esta visita, pero escribí algunas cartas a sus familiares, madres, etc. También hablé con tres o cuatro que parecían necesitar estos servicios.

Un vistazo breve. Es domingo por la tarde, en la mitad de un verano caluroso, opresivo, y muy silencioso en el Pabellón. Cuido a un herido en estado crítico, que yace aletargado. Cerca de mí yace un herido rebelde, del Regimiento 8 de Louisiana, llamado Irving. Lleva aquí mucho tiempo, muy malherido y últimamente con la pierna amputada; pero no mejora. Enfrente de mí hay un muchacho enfermo, que duerme vestido con su uniforme y parece extenuado, el rostro demacrado sobre el brazo. Veo por las franjas amarillas de su guerrera que es de caballería. Parece tan hermoso mientras duerme que no pude evitar acercarme. Lo hago despacio y descubro en su tarjeta que se llama William Cone, del Primer Regimiento de Caballería de Maine y que su familia vive en Skowhegan.

Un incidente. En uno de los combates de las afueras de Atlanta, un rebelde, muy alto y joven, resultó mortalmente herido de un disparo en la cabeza, con tal mala fortuna que sus sesos quedaron parcialmente esparcidos por el suelo. Vivió tres días, tumbado de espaldas en el lugar en el que había caído. Con el talón cavó en el suelo dos hoyos lo suficientemente grandes como para que cupieran dos mochilas. Yacía al aire libre y con pequeños intervalos continuaba día y noche moviendo el talón. Nuestros soldados lo trasladaron a una casa, pero murió a los pocos minutos.

 

Es algo más que empatía lo que el poeta siente atendiendo heridos. De sus notas se colige que probablemente se enamoró de alguno de ellos, y también de más de uno. Whitman es el poeta que comprende las estrellas en una hoja de hierba, y si su emoción ante el mundo es verdadera, también habrá de serlo ante la pérdida de uno solo de sus fragmentos. De este Whitman se extrae que la alegría y la comunión nos cimentan y a menudo nos recorren, pero solo la pérdida dibuja —o acierta a desdibujar— los contornos precisos, frágiles, de nuestro lugar en el mundo. También el poeta a veces siente o presiente el poema igual, incomprensiblemente igual, que el brazo o la pierna ya cercenados, inexistentes.

 

TEJE, VIDA INTRÉPIDA

Teje, vida intrépida
Teje todavía un soldado fuerte y completo para las grandes campañas venideras,
Teje en sangre roja, teje músculos como sogas, teje los sentidos, la vista,
Teje constantemente, teje día y noche la trama, la urdimbre, teje sin cesar y sin cansarte,
(No sabemos cuál será el uso, oh, vida, ni el objetivo, el fin, ni debemos saberlo realmente,
Pero sabemos la obra, la necesidad sigue y debe seguir, la marcha de la paz, cubierta de muerte, igual que sigue la de la guerra),
Por las grandes campañas de la paz debes tejer con los mismos hilos recios,
No sabemos ni el qué ni el por qué, pero teje, teje siempre.

 

¡OH, MI YO, OH VIDA!

¡Oh, mi yo! ¡oh, vida!, de sus preguntas que se repiten,
De los interminables desfiles de los desleales, -de las ciudades llenas de necios,
De mí mismo, que me reprocho siempre (porque, ¿quién es más necio que yo, y quién es más desleal?)
De los ojos que en vano ansían la luz, -de los objetos despreciables, de la lucha siempre renovada,
De los malos resultados de todo, de las multitudes afanosas y sórdidas que veo a mi alrededor,
De los años vacíos e inútiles de los demás, -yo entrelazado con ellos,
La pregunta, ¡oh, mi yo!, que se repite tan triste -¿qué de bueno hay en estos, oh, mi yo, oh, Vida?

Respuesta

Que tú estás aquí -que la vida y la identidad existen,
que el poderoso drama continúa y que tú puedes contribuir con un verso.

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Traducciones de Manuel Villar Raso.

Stumps forma parte -junto con Sarracenia, Mureau, y Miles Away Head del políptico Four american poets (and a hidden composer).

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