Rinoceront d´escullera

Rinoceront w.

 

Salvador Dalí se encontraba entre los personajes de mi Maleta. Aparecía allí, cual ninot, triunfante a lomos de una nube. Fallecía sobre el escenario, joven, desnudo, y Gala acudía a cortar y atesorar la vara de nardos que, milagrosa, brotaba del sexo del pintor. Era un modo de sugerir que, aún después de su muerte, la obra de Dalí seguía ofreciendo cosecha. Una cosecha que no cesa: la relación de Dalí con el dinero fue feliz, copiosa, un entendimiento tan completo que alcanzó primero inercia, y luego desarrollo exponencial hasta nuestros días. En la primavera de 2013 se inauguraba en el MNCARS una magna exposición dedicada al pintor y que estaba destinada a batir todos los records de afluencia de público al museo. Un fenómeno de masas con el que se logró convocar a segmentos sociales poco habituales de la institución: adolescentes, familias con hijos pequeños y hasta grupos concertados del IMSERSO. Todo sin lugar a dudas excelente, pero ¿cuál era la necesidad real de una exposición sobre Dalí, tratándose de un artista universalmente conocido, reconocido, e incluso inmensamente popular en el mundo actual? ¿acaso el tiempo y el espacio que se le dedicaron no habrían estado mejor invertidos en ofrecer la obra de una enorme cantidad de artistas cuya valía no es menor que la de Dalí y sin embargo no alcanzan -si no es a través de la labor de museos públicos- el reconocimiento que merecen o el disfrute que podrían propiciar? El hecho de que la exposición era, en términos artísticos y críticos, indiscutible, no pudo oscurecer el dato evidente de que también era extremadamente rentable en los económicos, sobre todo en un contexto de grave crisis que los museos, como otras muchas instituciones públicas, estaban sufriendo intensamente desde hacía tiempo. El fenómeno se sumaba también a esa inercia que va convirtiendo los grandes museos del mundo en objetos fuertemente mercantilizados donde uno no puede dejar de ver peligrar unos cimientos críticos mínimos. Se trata de una disneylización del arte que no es, a fin de cuentas, sino una extraña y consecuente dalinización, porque en el caso de Dalí, la monstruosidad del evento en el MNCARS solo daba continuidad a la lógica dineraria del propio artista. No es casual que hacia 1946 Dalí y Walt Disney estrecharan lazos con vistas a un proyecto cinematográfico conjunto, una idea que, a pesar de resultar finalmente frustrada, probablemente alojó en Dalí el deseo de convertir a largo plazo su propia obra en un peculiarísimo parque de atracciones: el Teatro-Museo de Figueres, obra total. Tratándose de Dalí todo parece encontrarse ya previsto, anticipado. Dalí, gran adalid del capitalismo: avida dollars.

.

 

En 1929 Dalí acaba de trabar contacto directo con André Breton y el grupo surrealista. En el ángulo inferior derecho de un lienzo titulado El juego lúgubre (1929) el artista hace aparecer una figura masculina con los calzoncillos manchados de mierda. Una ostentosa taca de merda. La trampa hace efecto: los surrealistas se ofenden, disienten, cuchichean: “¿Será coprófago?”. Pocos años después Dalí no solo ha logrado escandalizar al grupo surrealista, sino que ha exasperado a Breton hasta el punto de ganarse la expulsión, la célebre excomunión papal del Surrealismo. A nadie se le escapaba el torrencial talento del español, pero difícilmente podían vaticinar entonces que no solo llegaría a eclipsar por completo a cualquier otra figura del Surrealismo, sino que con su propia obra, y sobre todo con el personaje ideado por sí y para sí mismo, Salvador Dalí iba a vehicular con enorme éxito una idea del Surrealismo altamente personal y diez veces más potente que la moneda acuñada por Breton.

.

 

Cuando en los años cincuenta los manchurrones y los salivazos acrílicos del expresionismo abstracto comenzaron sentar cátedra, Salvador Dalí debió pensar que aquello no era tan diferente de su taca de merda de 1929. Se proclamó clasicista y sentenció que todos aquellos modernos no eran sino unos estafadores y unos enormes cornudos.

En el imaginario del pintor el cuerno adquiere significados dispares. Si se sirve de ellos para estigmatizar y burlarse de una cierta modernidad, no menos cierto es que el cuerno, depositario de una larga tradición simbólica que lo asimila, por ejemplo, a lo sagrado, se convierte para Dalí en objeto de codicia estética. En el cuerno del rinoceronte encuentra un símbolo absoluto de perfección geométrica y matemática, y comienza a ver cuernos ocultos hasta en La encajera de Vermeer.

.

 

Dalí, que tan entregado parece a lo onírico y lo fantástico, es también un davidiano, un ingresiano, un fascinado por la realidad de lo inmediato (esas hogazas de pan), por la naturaleza, por lo inextricablemente vivo, y siempre, siempre por el paisaje de Cadaqués y el Cap de Creus.

.

 

Murex es un género de moluscos gasterópodos de la familia Muricidae. Son caracoles carnívoros marinos, propios de aguas tropicales. Carecen de nácar en el interior de la concha. Ésta dispone de un opérculo que permite al animal cerrarla y resguardarse dentro. Casi todos viven en la zona intermareal, entre rocas y corales. Poseen sifones bien desarrollados, sostenidos por un surco o canal sifonal de la concha. Muchos miembros de este género son de una gran belleza, con conchas alargadas y esculpidas con espinas o frondes. Las superficies interiores de las conchas a menudo presentan una coloración vistosa. (Wikipedia)

La cañadilla mediterránea (Bolinus brandaris) no es propiamente un murex, pero es muy similar. De las cañadillas ya extrajeron los romanos el pigmento del púrpura imperial, y a Salvador Dalí sin lugar a dudas debieron de gustarle. En los años veinte llevó a sus amigos, a Lorca, a Buñuel, a Gala, a conocer las playas y la gastronomía de su tierra natal. Un claro juego de seducción: el verano en un paraíso en el que solo despuntaban unas cuantas casetas de pescadores y un puñado de jóvenes semidesnudos que venían de Granada, de Zaragoza, de Madrid, de París. Unos locos espléndidos que se atiborraron de cañadillas como si no existiera el mañana, y quizás fue por eso que modificaron el curso de la cultura europea.

.

 

Y comienza el juego lúgubre:

Esa cañadilla en el naipe superior es una calavera anamorfizada.

O un sexo.

Al proyectar sobre ella uno de los diagramas del tratado sobre proporciones matemáticas de Durero (Underweyssung der Messung, 1525), la forma en cuestión -sexo o calavera- cobra, a mi parecer, cualidades arquitectónicas. Así que bien podría ser también la sección de una catedral inédita de Gaudí. Dalí sin duda admiró el arte de Durero, su minuciosa aproximación a la realidad y aquel análisis de correlaciones entre lo visual y lo matemático. De Gaudí mejor ni hablamos. En una conversación con Le Corbusier, el gran arquitecto racionalista, Dalí se dió el gusto de afirmar categóricamente que la arquitectura del futuro sería “blanda y peluda”, y que Gaudí era su profeta.

.

 

Cuerno, cornucopia, murex. El rostro que presento no ha recibido un disparo, ni un chorreón pollockiano, ni una taca de merda. Acaso todo esto a la vez. Yo les digo que es ante todo un rinoceronte al que le han arrancado el cuerno. Pero ¿era ya un cuerno completo y bien desarrollado? ¿un cuerno o una gran cañadilla? ¿lo han arrancado de cuajo o lo han aserrado?. A Dalí le encantaban las escenas de martirio, con todo su macabro erotismo, pero aquí se nos ha ahorrado. El semblante respira una extraña paz, de modo que, el cuerno ¿ha sido propiamente arrancado o más bien beatíficamente entregado? ¿martirio, o sereno éxtasis?

.

 

Entonces, ¿por qué Dalí? El pintor ya había sometido su rostro a todas las contorsiones posibles. Ojos desorbitados, bizcos, fauces abiertas, dientes cargados de tensión, bigotes como cuernos, como antenas o flores. ¿Cómo atacar un rostro que se defiende atacando sin descanso? Un rostro tan espinoso como una cañadilla. El retrato fotográfico de Horst. P. Horst que he utilizado reúne las cualidades necesarias para una tentativa: muestra a Dalí en una ensoñación interior, y ya solo el mero hecho de que los ojos aparezcan cerrados resulta inaudito. Cerrándose, el erizo se ha abierto, y solo entonces parece mostrar los labios, las valvas, los blandos, tersos párpados de masturbador. Y luego está, observen bien, ese afeitado no del todo perfecto, con una piel que es presa de una ligera irritación hacia la garganta: una humanidad que, en Dalí -tan distante, tan monarca, tan otro siempre- solo puede resultar extraordinaria. Ese retrato de Horst era el único que permitía mi aproximación y mi disparo.

Salvador Dalí a salvo de los surrealistas y la ortodoxia del Surrealismo; a salvo del disparo goteante del expresionismo abstracto; Salvador Dalí a salvo de la monstruosidad de su propia y pesada cornucopia, ya sea por la conjuración de un fotógrafo excelente, ya sea porque en 1943 -año en que se tomó la imagen- Dalí no había completado aún la metamorfosis del rinoceronte en su crisálida; Dalí a salvo de todos nosotros, que no podremos mancharlo o disminuirlo por más que lo que intentemos; a salvo incluso de sí mismo todavía, y de su propia mezquindad; Dalí más bien ausente, limpio, bello como una cañadilla espigada en la escollera de un Cadaqués todavía intocado, un Cadaqués a salvo de Salvador Dalí.

.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s