Mureau*

Mureau

 

A veces, en una mañana de verano, tras mi baño de costumbre, me sentaba en el umbral soleado desde el amanecer hasta el mediodía, absorto en una ensoñación, entre pinos, nogales y zumaques, en una soledad y calma perfectas, mientras los pájaros cantaban y revoloteaban sin ruido en torno a la casa, hasta que la entrada del sol por la ventana que da al oeste, o el sonido del carro de algún viajero en la lejana carretera, me traían de nuevo al presente. (…) Algunos domingos oigo las campanas de Lincoln, Acton, Bedford,  o Concord cuando el viento es favorable, una débil, dulce, y por así decir natural melodía, digna de ser importada al mundo salvaje. A una distancia suficiente en los bosques, este sonido adquiere un cariz vibratorio, como si las agujas de los pinos en el horizonte fueran las cuerdas apenas rozadas de un arpa. (…) Al atardecer, los mugidos distantes de una vaca, desde el otro lado de los bosques, sonaban dulces y melodiosos, y al principio los confundí con las voces de ciertos trovadores, errantes por valles y colinas, que a veces me ofrecen una serenata; pero no me sentí ingratamente decepcionado cuando aquello se prolongó con la barata y natural música de la vaca. (…) En un momento del verano, a las siete y media y con toda regularidad, después de que el tren de la tarde se haya marchado, los chotacabras entonaban sus vísperas durante media hora, posándose en un poste cercano a mi puerta o sobre la cumbrera de la casa. Cada tarde empezaban a cantar, casi con la precisión del reloj. (…) Me alegra que haya búhos. Que ululen idiota y maniáticamente para los hombres. Es un sonido que conviene perfectamente a los pantanos y los bosques oscuros que el día no llega a iluminar, y que sugiere una naturaleza vasta y primitiva que los hombres no han reconocido. (…) Al final de la tarde oía el estruendo lejano de los vagones sobre los puentes -un ruido que durante la noche llega más lejos que ningún otro-, el aullido de los perros y a veces, de nuevo, el mugido de una vaca desconsolada en un establo remoto. Mientras tanto, toda la orilla resonaba con el trompeteo de la rana toro (…). No tenía perro, ni gato, ni vaca, ni cerdo, ni gallinas, así que se podría decir que había una clara deficiencia de sonidos domésticos; tampoco mantequera, ni rueca, ni siquiera el canto de la olla, ni el silbido de la tetera, ni los gritos de los niños como consuelo. Un hombre chapado a la antigua habría perdido la razón o se habría muerto de aburrimiento. Por no haber no había ni ratas en la pared, porque se habrían muerto de hambre, nada había que pudiera atraerlas. Tan solo ardillas en el tejado y bajo el suelo, un chotacabras en la cumbrera, un grajo azul gritando bajo la ventana, una liebre o una marmota bajo la casa, un búho o una lechuza tras ella, un grupo de gansos salvajes o un colimbo sonriente en la laguna y un zorro para aullar en la noche.

Fragmentos de Sonidos, capítulo cuarto de Walden / Henry David Thoreau. Traducción de Marcos Nava. Errata Naturae, 2014. pp. 120-135.

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Jamás deseo imponer a otro mis preferencias. Y eso es lo que más me relaciona con Duchamp y Thoreau: por distintos que sean, en los dos hay una completa ausencia de interés en todo lo que signifique expresión de sí mismo. Thoreau sólo deseaba una cosa: ver y escuchar el mundo que le rodeaba. Y se interesó por la escritura, y aspiró a encontrar un tipo de escritura que permitiera a los otros no ver y entender como lo había hecho él, sino ver lo que él había visto y escuchar lo que él había escuchado. Sus palabras, no era él quien las elegía: le llegaban de lo que era preciso ver y escuchar. Usted dirá que Thoreau tenía un estilo. Tiene su manera muy propia de escribir. Pero resulta bastante significativo que, a medida que su Journal avanza, sus palabras se simplifiquen, se tornen más breves. Estaría casi por decir que las palabras largas sí contienen algo de Thoreau. Pero no las más cortas. Son las palabras del lenguaje común, las palabras de cada día. Entonces, a medida que las palabras se empequeñecen, las experiencias propias de Thoreau se tornan cada vez más transparentes. Ya no son experiencias de él. Son “la” experiencia. Y su obra mejora a medida que desaparece. Él no habla más, no escribe más; deja que las cosas, tales como son, hablen y se escriban. En música, no he intentado otra cosa. La subjetividad no interviene más. Y no hay artificio alguno en esta tentativa.

Para los pájaros: conversaciones con Daniel Charles / John Cage. México: Alias, 2013. pp. 295-6.

He llegado a la conclusión de que podemos aprender mucho sobre la música si nos dedicamos a las setas. Para este propósito me he mudado recientemente al campo.
(…) Para empezar, propongo que debe determinarse qué sonidos fomentan el crecimiento de qué setas; y si éstas también producen sonidos; si las laminillas de ciertas setas son usadas por insectos que tienen alas lo bastante pequeñas para la producción de “pizzicatos” y los tubos de los Boletos por diminutos insectos excavadores que los usan como instrumentos de viento; si las esporas, que en tamaño y forma son extraordinariamente variadas e innumerables, no producen al caer al suelo sonoridades como las del gamelán; y finalmente, si toda esta industriosa actividad que sospecho existe delicadamente, no podría ser llevada, a través de medios tecnológicos, amplificada y magnificada, a nuestros teatros con el resultado global de hacer nuestros espectáculos más interesantes.
(…) He pasado muchas horas agradables dirigiendo en el bosque interpretaciones de mi obra silenciosa, transcripciones, quiero decir, para un público formado por mí mismo, pues eran más largas que la duración conocida que ha sido publicada. En una de estas interpretaciones, pasé el primer movimiento intentando identificar una seta que continuó satisfactoriamente sin identificar. El segundo movimiento fue extremadamente dramático, comenzando con los sonidos de dos ciervos macho y hembra que saltaron a unos diez pies de mi rocoso podio. La expresividad de este movimiento no era solamente dramática, sino excepcionalmente triste desde mi punto de vista, pues los animales estaban asustados simplemente porque yo era un ser humano. Sin embargo, se marcharon vacilante y dignamente según la estructura de la obra. El tercer movimiento consistió en un retorno al tema primero, pero con todas esas profundas y conocidas alteraciones de los sentimientos del mundo asociadas por la tradición alemana con el A-B-A.

El Cuaderno de campo del amante de la música (1954) / John Cage. Recogido en: Silencio / John Cage. Árdora Ediciones, 2002. pp. 274-276

*Mureau (1970) es una composición de John Cage cuyo título es un portmanteau entre las palabras music y Thoreau. La pieza, concebida como un texto para ser leído, consiste en un collage de fragmentos extraídos de los Diarios de Henry D. Thoreau, principalmente de aquellas partes en las que el autor aborda cuestiones relacionadas con los sonidos.

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