Without words

King Lear

.

Observando una fotografía de Samuel Beckett, y como un vasallo que se postra de hinojos, Pierre Michon afirma en Cuerpos del Rey que el rostro del dramaturgo irlandés no puede ser otro que el del Rey Lear. El rostro de Beckett guarda un poder de penetración y una solidez estructural enormes. Nadie que se haya detenido mínimamente a observar esas facciones puede dejar de reparar en ese magnetismo. Acometer ese rostro donde se hibridan el elefante, el halcón y la tortuga, la mera posibilidad de intentarlo, era para mí como prepararse para la conquista de un país rico y poderoso. Y esto es lo que ocurre siempre: que uno observa cada semblante y, como ya dije, hay deseos de transgresión, de fantoche y de cirugía, pero también hay temor y reverencia. Todo a la vez, a un mismo tiempo. Se trata de una conquista que es siempre y a todas luces imposible. La imagen, la fotografía, mi desvergüenza, este tiempo en que vivo, invitan a ello, pero batallar sobre el mismísimo rostro del Rey Lear, abordar ese mapa en particular, eso es otra cosa. De modo que la fotografía se va quedando por ahí agazapada, junto a otras. Al fin y al cabo nunca dispongo de ejército. Solo soy un lector, y trato de recordar que esa imagen, al menos la digital, no se marchitará, y que el tiempo está de mi parte. Así que un día pruebo con este andamio y al siguiente con aquel otro. En algún momento, meses después, pienso que el dispositivo, la poliorcética necesaria, deberá girar sobre el teatro. Un dispositivo escénico. La planta de un teatro, quizás, y por qué no la planta del teatro griego de Epidauro. De aquí en adelante la solución es relativamente sencilla, porque Beckett nos mira ligeramente girado (es sabido que esa postura redobla poderes: el eje de la mirada, que fácilmente podría obviarnos, condesciende cruzándose con nosotros, nos convierte en un elemento casual), y hay un ojo que, de un modo necesario, deberá coincidir con el centro de la orchestra. Un ojo enmarcado por arriba con una ceja de arquitectura no menos rigurosa. Casi un ojo cetrero. Sin duda un ojo anzuelo. Pero sobre todo un ojo no demasiado lejano de aquel otro que angustiosamente cubre la pantalla durante los segundos iniciales de Film (1965), la única pieza de Samuel Beckett como cineasta. El ojo en torno al que gira todo el cortometraje, el ojo de Buster Keaton, protagonista absoluto que compareció ante el operador de cámara sin comprender ni una palabra de lo que el dramaturgo pretendía con aquella cinta, pero que cumplió cabalmente con el cometido. Beckett solo quería tener a Buster Keaton en pantalla, como una marioneta en un entramado icónico que, al menos a mí, todavía me resulta en su mayor parte incomprensible, porque alrededor de Film todo comentario acaba por parecer tan gratuito como fatigoso.

Pues bien, ya está el ojo en la escena. Ya está el país rico y poderoso, de un modo absolutamente ilusorio conquistado. Deus ex machina. Casi dan ganas de llorar de lo exacto que resulta todo, y al mismo tiempo, de lo completamente inútil que es. Pero ya está el ojo radiante, el rostro redoblado con su tatuaje de dramaturgo: una especie de mecanismo de autómata retrofuturista. Solo después reparo en que uno de los muros de Epidauro está uniendo la boca y el oído del Rey. Y este, justamente este, es el punto estúpido e inevitable en que esta hermeneútica de andar por casa se coloca del lado del puro delirio: me es dado pensar que el azar crea su propio significado, y que no carece de sentido ese triángulo del ojo, la boca y el oído, porque es sobre el que se levanta toda la experiencia de lo escénico. Y que el ojo -lo visual y no lo verbal- se encuentra en el centro de la escena porque lo que lleva a Beckett a probar suerte con el lenguaje cinematográfico es el abandono progresivo de la palabra, de una escritura que con el tiempo se concentra y pierde peso hasta adelgazar -como ocurre en Film- por completo. Consunción de la palabra, como la consunción de un rostro abrumado de arrugas y, sin embargo, indemne y repleto de poder.

Después hay que acometer el segundo naipe, el superior, que es siempre el naipe sin mimbres, el naipe donde no hay apoyos. Hemos traspasado la primera línea de murallas sin demasiadas bajas, pero ahora hay que tomar ese castillo que siempre hago gravitar sobre el rostro. Y no queda otra que detenerse de nuevo. ¿Cómo tomar esa plaza? El proceso creativo es tan sumamente tramposo, y yo tengo tan pocos escrúpulos que estaré dispuesto a usar cualquier cosa, cualquiera. De modo que vuelvo a los textos. Vuelvo a Godot, y lo hago a sabiendas de que ahí no encontraré lo que busco. Luego acometo Fin de Partida y de nuevo, nada. Paso las páginas y encaro una pieza de la que nada sabía hasta ese momento: Acto sin palabras (Act without words). Nunca imaginé que Beckett había escrito piezas escénicas sin parlamentos, un tipo de forma teatral que me obsesiona desde hace años. Y lo que encuentro es que Acto sin palabras está habitado de nuevo por Buster Keaton, y entonces todo vuelve a embrollarse en un completo y enorme delirio hasta volverse totalmente diáfano. ¿De dónde proviene toda, toda la mecánica gestual, no solo de Acto sin palabras, sino de Godot y de Fin de partida? Del slapstick, sin duda, ese género de cine mudo donde el cuerpo -sometido a todos los obstáculos imaginables- y el absurdo lo dicen todo. Hace años me atreví a barruntar que los experimentos musicales neodadaístas de movimientos como Fluxus hundían algunas de sus raíces en el cine mudo, y para ello recurrí a aquella escena de Limelight (1952) en la que Chaplin y Keaton perpetran -sonoramente, pero también sin emitir una sola palabra- una pieza para piano y violín con un destrozo material magistral. Me lo me pasé bien escribiendo aquello y no pretendía mucho más. Luego, mucho tiempo después, visité una exposición dedicada a la Música de Acción en un prestigioso centro de arte contemporáneo, y allí, entre los artilugios de Cage, las partituras de Satie y las de Kagel y Stockhausen, me topé, de improviso, con una proyección de esa escena en particular. Voilá. Era como si el stablishment del arte contemporáneo refrendara aquella lejana idea. Pero lo que el tiempo me ha hecho comprender, desde aquel momento de victoria íntima hasta el día de hoy, es justamente una idea a la inversa: si Samuel Beckett, George Maciunas o Yoko Ono entre otros muchos, acudieron a Buster Keaton no fue como una mera cita, como un rescate, o como un simple homenaje. No. Acudieron allí porque en la filmografía de Keaton se localiza un tono, preciso y particular, cuya onda expansiva podía alcanzar y de hecho alcanza y ha contaminado diversas parcelas del arte o la literatura del siglo XX. De modo que allí estaba la falla, el pequeño portón por el que yo pensaba precipitarme hacia el interior del castillo. Porque al entrar en el salón del trono Samuel Beckett estaba hincado de hinojos y no me ofrecía su rostro sino su nuca. Porque el Rey Lear estaba hincado de hinojos bajo el rostro impasible y todopoderoso de Buster Keaton. Porque todo reinado está hecho de humo, y hasta aquel rey de las letras se rendía ante un simple actor de cine mudo y toda la jerarquía de eso que llamamos cultura quedará desbaratada cuando yo regrese a casa con la cabeza de Samuel Beckett y un par de naipes estúpidos bajo el brazo. Por esta vez mi homenaje habrá de ser doble y no admito objeción: al César (al Rey Lear), lo que es del César. Pero a Dios (a Keaton), lo que es de Dios.

Nunca logro conquistar ningún país, y en esta ocasión tampoco, pero de algún modo he franqueado las murallas, he atravesado algunas calles enrevesadas y en el castillo he decapitado al rey. O al menos he soñado que vulneraba la imagen inmaterial que del rey guardaba dentro de mí. Luego regreso sobre mis pasos, atontado, ebrio, y llego a una casa tan vacía como un escenario beckettiano y en realidad no traigo nada que mostrar ni relatar excepto el camino que he recorrido, y esto sí, este itinerario completamente arbitrario donde un rey cierra filas sobre otro más anciano y más joven, donde el poder se revela dúctil, provisorio, y hasta pueril, en esto hay un círculo que se cierra o un nudo que se abre y levanta el vuelo, un objeto suficiente para mí. Al menos para esta noche en que hace tanto frío. Y ya son demasiadas palabras.

Without words

 

.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s