El vaso de agua

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En el vaso de agua se concentra, fundida con el agua y el cristal, la claridad en su versión más pura. Porque de la claridad hay, ciertamente, muchas versiones: la de las reverberaciones de la luz, la del mantel blanco, la de los senos en lo oscuro, la del muro recién enjalbegado… Versiones, en rigor, incontables, sin olvidar la claridad “nunca escurecida” de la fuente que mana y corre en el espíritu de Juan de la Cruz ni “la oscura claridad que cae de las estrellas”, en la visión de Corneille.

La claridad del vaso de agua se distingue de todas las demás no sólo por su diafanidad casi absoluta, sino también por su acción o, si se quiere, por su poder de clarificación. Ambas cosas la convierten en única.

La prueba más exacta de su ser hialino es que, colmado, el vaso de agua no deja distinguir cristal y agua. (…) La diafanidad es tal que no podemos saber, con el solo testimonio de los ojos, si el vaso está vacío o lleno; solo la línea del nivel del agua, cuando es visible, crea una linde divisoria y nos lo deja percibir.

En nuestra constante aspiración a la claridad, en la agitación de nuestro espíritu dentro de lo oscuro en busca de la luz, debemos aprender del vaso de agua la límpida lección de su sosiego. (…) Su fuerza “sencilla” es, en efecto, la de poner en claro todo aquello que lo rodea, empezando por nuestra percepción, por la mirada con la que lo reconstruimos en nuestro espíritu. Lo dijo, en una línea inolvidable, Jean Cocteau: “Un solo vaso de agua alumbra del mundo”.

(…)

El vaso de agua en la mesilla de noche tiene algo de custodia nocturna. Protege nuestro sueño, lo pacifica, lo sujeta a nuestra vida cotidiana, como si se tratase de una piedra imán que, en los momentos en que el espíritu vaga, vuela o se despeña durante el sueño, debiera atraernos, silencioso, a los muros domésticos.

Esa seguridad que proporciona la compañía del vaso durante la noche es también, se diría, el efecto de una convocación de espíritus familiares. Ningún otro objeto en la mesilla de noche -la lámpara, el despertador, el libro acaso- tiene esa virtud evocadora de días de infancia, cuando la madre dispone el orden de la casa. Los mundos del extrañamiento, los azarosos caminos del sueño, serán, nos decimos, menos extraños si un vaso de agua en la mesilla es, por así decirlo, un agua protectora, un agua maternal (…) Pero el sueño, lo sabemos, es imagen de la muerte, y hasta hermano de ella (Somnus es frater mortis), de manera que el vaso evocador de la madre desaparecida lleva también al durmiente al pensamiento del sueño como ensayo de la muerte. Tal vez el mismo durmiente no es sino un sueño de la madre muerta: “Eres tú quien me sueña en ese extraño / país donde algún día nos veremos?”, pregunta Requeni.

(…) El vaso de agua en la mesilla de noche es nuestro centinela. Si acercamos el oído, casi lo oímos respirar.

Variaciones sobre el vaso de agua / Andrés Sánchez Robayna. Galaxia Gutenberg, 2015.

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La imagen que abre esta entrada es una de las piezas que conforman el Tablero para Andrei (2016):

un-tablero-para-andrei

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