La vaca de Melville

miles-away-head

 

Con el paso del tiempo, lo que la lectura de Moby Dick ha dejado en mí es una sola imagen. Y no es una imagen poblada por la agitación de las olas, la joroba blanca, o el semblante azufroso del Capitán Ajab (vagamente anudado en mi memoria con el rostro de Gregory Peck en la adaptación de John Huston). No. Lo que acude a mi mente, la imagen que siempre acaba por tomar forma es muy diferente, muy sencilla, y casi diría que incluso tonta de no ser porque, en realidad, la encuentro extremadamente amable, y porque es en ella donde el lector que soy acierta a encontrar cifrado, por decirlo así, el signo de Melville. Se trata simplemente de un Herman Melville que, allá por el año 1850, una mañana como cualquier otra, da de comer a su vaca.

Melville ha sido empleado de banca y maestro rural, ha servido en la marina mercante, se ha enrolado en barcos balleneros, se ha amotinado, ha vivido entre caníbales, ha vagabundeado, ha regresado a tierra, ha escrito libros de aventuras, se ha casado. Ahora tiene treinta y un años y se ha mudado a una granja en los Berkshires, una región cercana a Pittsfield, Massachussets. El relativo éxito de sus primeras novelas, así como la situación acomodada de la familia de su mujer le han permitido alejarse de Nueva York y dedicarse por entero a una nueva obra. Por sus cartas —muchas de ellas dirigidas a Hawthorne, autor consagrado al que acaba de conocer y que residía no muy lejos de allí— sabemos del proceso de elaboración de la novela y de la rutina diaria del escritor.

Tengo una especie de sentimiento marítimo aquí en el campo —le escribe a un amigo a mediados de diciembre— ahora que todo está cubierto de nieve. Cuando me levanto por la mañana miro por mi ventana como lo haría por el ojo de buey de un barco en el Atlántico. Mi habitación parece la cabina de un barco, y por la noche, cuando me despierto y escucho el viento chirriar, casi me da por pensar que hay demasiada vela desplegada en la casa, y que mejor sería que fuera al tejado y aparejara la chimenea (…) ¿Quieres saber cómo paso el tiempo? Me levanto a las ocho -más o menos- y voy a mi establo, a decir buenos días al caballo y a darle su desayuno (…) Luego hago una visita a mi vaca, corto una o dos calabazas para ella, y me quedo a verla comérselas, pues ver a una vaca mover las mandíbulas es una imagen placentera… con tanta dulzura y tal santidad lo hace. Concluído mi propio desayuno, voy a mi cuarto de trabajo y enciendo el fuego; entonces despliego mi manuscrito sobre la mesa, le echo una ojeada profesional y lo acometo con afán.

Melville se refiere a sus horas de escritura no ya como absorbentes, sino como enteramente mesméricas. Lo que se trae entre manos es nada más y nada menos que Moby Dick, y lo que en sus páginas se despliega es, por supuesto, la aventura, la épica, y una suerte de epopeya americana como no se había escrito hasta el momento. Acudimos a Moby Dick en busca de la agitación y de la espuma, y verdad es que todo eso está, que nos lo puede dar y que lo hace en grado sumo, pero también es cierto que en la novela habrá de asaltarnos una geografía literaria desconocida, del mismo modo que en 1850 el cachalote no era, ni para Melville ni para nadie, un animal del todo conocido en sus costumbres y en los misterios que parecían regirlo. Aún hoy Moby Dick vuelve a ser, para cada lector, una bestia que alberga entre sus costillas un legado bien poco común. Hay quien se atreve a decir que no es descabellado leer la novela saltándose algún que otro capítulo. Craso error: hay una ballena de aventura como hay también un compendio cuasi medieval donde se reúne lo sagrado y lo mítico, la ciencia y la literatura, del mismo modo que contiene una historia de soledad y obstinación: la de un capitán de barco sometido a un deseo absoluto de venganza, y por ello, la de una tripulación entregada, en medio de la nada, a un destino incierto. Y todo esto porque Melville sabe, ante todo, que no hay nada, y que hasta el párrafo más bello se lo tragará la noche. Porque tanto da el momento de mayor agitación arponera como aquellos otros fragmentos preciosos de la novela en los que se hace el silencio, y en los que la indiferencia de un océano soberano e impasible, infinito como Dios mismo, se posa sobre un barco miserable.

Cuando pienso en Moby Dick no puedo ver ya un océano sino de caracteres tipográficos, no un cachalote sino la compleja estructura ósea de un texto labrado palmo a palmo con destreza de paciente armador literario. Herman Melville es el hombre capaz de sentirse en alta mar entre las lomas de los Berkshires, tierra adentro, y que transformó, para sí y para nosotros, su habitación de trabajo en la cabina de una de las empresas más ambiciosas y hermosamente absurdas de la literatura. Ha terminado por parecerme que la hazaña de Melville no es menor que la de Ajab, y no tanto porque no habría Ajab sin el ingenio de Melville, sino porque existe una completa correspondencia entre ambos. Melville llama a su libro mi ballena: sabe que escribiéndolo acosa y trata de dar muerte a un absoluto que no podrá finalmente doblegar. Pero fue él y no ningún otro el que tuvo el arrojo de abandonarse a una tarea donde medirse con lo desconocido. Tanto es así que, como Ajab, el escritor habría de hundirse con su criatura: la novela más ambiciosa de la literatura norteamericana sencillamente no gustó, no fue comprendida, y no se vendió. O al menos nunca en vida de su autor. El agujero, el maelstrom, el naufragio comercial y crítico que Moby Dick dejó tras de sí supuso un golpe del que Melville -a pesar de escribir con posterioridad otras obras- nunca se recuperó. Como un bartleby, el escritor terminó sus días ganándose la vida en un modesto puesto de funcionario de aduanas.

Uno no puede dejar de preguntarse qué es lo que conduce a un autor de novelas de aventuras de cierto éxito a embarcarse en un proyecto como el de Moby Dick, a bregar con la escritura para entregar finalmente un artefacto literario, un pecio del peso, la envergadura y la riqueza verbal de Moby Dick (fue a través de esta novela que un servidor conoció y comprendió por primera vez ese hermoso y raro caso de la creación literaria denominado hápax, y que allí sobreabunda). Necesito pensar que la idea anidó o se anudó en la mente de un hombre al que le gustaba ver comer a su vaca. Necesito pensar incluso que existe algún loco vínculo de necesidad entre ambas cosas, y que Melville fue un sujeto no menos perplejo ante el espectáculo de la existencia que usted o yo mismo. Moby Dick es la improbable, la rara caja de resonancia donde queda atrapado el eco de Homero y del Libro de Jonás, pero también el del trascendentalismo, el de un espíritu que aparta telón de océano y telón de tierra, telón tras telón para hallar beatitud y sentido en la imagen de una vaca que rumia una calabaza. Para luego descorchar la memoria y la literatura, y poner en marcha todo el circo de olas y de nada.

Abordé esta pareja de naipes varios años después de leer Moby Dick. Hasta ese momento la novela durmió en mi interior, como otras tantas experiencias que esperan cobrar forma o sentido. Nada encuentra culminación en estas dos imágenes que no sea, de nuevo, y simplemente, un itinerario personal. No tengo ninguna lección que dar: leí Moby Dick y esto es lo que pienso y mi modo de fijarlo, con tres soles rojos que bien podrían ser tres puntos suspensivos, y viceversa. Mientras trabajaba en ellos me hice con una recopilación de las cartas que Melville escribió a Hawthorne. Entonces anoté lo siguiente:

Pienso mucho en Herman Melville mientras leo sus cartas a Hawthorne. Qué encantadoramente loco estaba. Hace falta estar un poco trastornado para levantar una arboladura como la de Moby Dick, y otro tanto para apostarse la sencillez obsesiva y depresiva de Bartleby. De qué clase de euforia y de qué tipo de frustración existencial nacen textos como esos dos. Cuánto amor, cuánta locura y desesperación no habrá en las cartas a Hawthorne. Hay algo extremadamente severo y honesto, como también turbio e inquietante en todo ello. Ya en vida lo dijeron: ese Melville no está bien de la cabeza. Pero en Melville también se da aquello que Lezama decía admirar por encima de todo en un poeta: “que maneje fuerzas que lo arrebaten”, “que sea ala de su propio vuelo”.

Qué precio, qué clase de peaje hay que pagar para arribar a esas costas.

p1020802b

.

La obra que abre este post, titulada Miles Away Head, forma parte -junto con Mureau, Sarracenia, y Stumps– del políptico Four american poets (and a hidden composer)

.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s