Strange case of Dr. Jabber and Mr. Wocky

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André Breton afirmaba que, en el caso de Lewis Carroll, la reunión de la fe religiosa por un lado, y la práctica docente de las matemáticas y de la lógica por el otro, solo podían resolverse, en un espíritu singular como el suyo, por la vía del absurdo. Una tercera vía donde lo imposible se concilia y adquiere estatuto o rompe costuras. También donde el pensamiento se acecha a sí mismo y se pone a prueba mediante el humor. Alguno ha llegado a comparar la figura de Carroll con la de aquel engendro esquizofrénico de la ciencia al que R. L. Stevenson dio forma: Charles Lutwidg Dodgson, el rígido, apocado diácono y profesor de Oxford, y Lewis Carroll, el loco de pesadilla, el improbable pedófilo que desfigura y hace estallar el lenguaje como si hurgara con un cuchillo en el cuerpo de una joven. Y es que se dicen tantas cosas que hasta se tiene el valor de insinuar que Carroll no fue otro en su alteridad —alteridad de alteridad— que el mismísimo Jack el Destripador. Y bien pensado es cierto, porque Carroll fue un destripador, pero lo que destripó, armado con las gélidas herramientas de la lógica, fue el lenguaje y el pensamiento artificialmente ordenado. Y lo hizo como si tomara el té. Por eso su obra interesó a Wittgenstein.

Alguien con buen criterio me preguntó al ver esta pieza: “¿Es este el verdadero Jabberwocky?”. Pues bien, si Jabberwocky es, antes que un poema, antes que un sentimiento o la entrevisión de una fábula popular, si es más bien, digo, un artefacto verbal, un entresijo repleto de entradas, un constructo de lenguaje de dónde solo se puede salir provisto de un traje diferente cada vez, si conforma una habitación de la que no puede ausentarse nunca ni la poesía ni la diversión, entonces, esa letra O donde se hibrida el ave y el reptil y en cuyo estómago o cerebro u ojo las palabras y las letras se disgregan y se recombinan entre sí hasta no sé qué límite aritmético, entonces me parece que sí es el verdadero Jabberwocky. O es, al menos y sin duda, mi Jabberwocky, puesto que hay —necesaria y gozosamente para nuestra suerte— muchos de ellos.

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